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FanFic 05 – Heaven

Por: Mawar Hitam

HEAVEN

Miró al cielo desde la pequeña ventana sobre su cama, la oscuridad del exterior se diluía lentamente mostrando un cielo plomizo y bajo, y una floja luz se colaba al interior marcando el contorno de las cosas en la habitación; lanzando un sonido mitad suspiro mitad bostezo estira los brazos sobre su cabeza y dirige su atención a la mesita de noche que está junto a su cama, sobre ella descansan sus dos armas más importantes: la biblia y el rosario.

Cuidadosamente alza una y otro y los lleva a sus labios, los besa ligeramente antes de iniciar la oración de la mañana. “Hágase su voluntad, señor mío”, escuchas que murmura.

Porque tú lo escuchas todo. Tú lo ves todo desde el inicio de los días. Tú eres un observador.

Con cuidado empieza a tomar sus ropas de la silla a los pies de su misma cama, la ligereza de su camisa negra le cubre el pecho, el cinturón se cierra lentamente, el cuello clerical va al último. Él está listo para ir a la sacristía y colarse a la iglesia. Para arreglar todo antes de la primera misa.

Tú estás listo para aparecer ante él. Tú eres todo lo que él ha soñado, lo que pidió para fortalecer la fe.

Cuando él camina por el pequeño patio que separa su habitación de la iglesia tú te interpones en el camino, te creas la escena de una persona abandonada a la puerta de la sacristía, desnudo sobre el pasto, cubriendo tu cuerpo de rocío para hacerlo todo más real. Sabes que él no temerá de esta forma, porque eres humano en apariencia. Y lo logras.

Logras que él se preocupe, porque cualquiera lo haría, le escuchas preguntarte si estás bien y tú asientes. Él te ayuda a levantarte y entran a la sacristía que está a oscuras, pero tú lo puedes ver todo.

Sonríes internamente cuando pone sus manos en tus hombros y pregunta si no estás herido. Cuando te informa que es un sacerdote. Que se llama Kat. Que te ayudará.

Sientes la tibieza de la manta que echa sobre tu cuerpo, una delicia de calor y suavidad contra tu nueva piel. Más cálida que la luz eléctrica que él ha encendido dejándole verte por completo; los hombros anchos igual que el pecho, las piernas y brazos largos, la piel ligeramente tostada a juego con el cabello castaño y revuelto y el interesante color de tus ojos.

Tú echas el cuerpo un poco hacía atrás y la madera de la silla pega contra tu espalda sin alas.

Después de un rato te levantas de la silla y le sorprendes con el brillo que adquieren tus ojos de por sí extraños. Con la serenidad de tu voz que le dice lo que eres.

Eres un ángel. Es la verdad que sueltas ante sus ojos atónitos. Aunque no sea una verdad completa.

Porque lo cierto es que ya no tienes un lugar en el cielo. Y eso es completamente tu culpa.

Tú culpa por observar de más a los humanos, por interesarte en uno en particular. Por enamorarte de él neciamente.

— ¿Cuál es tu nombre? –pregunta, con la duda arrasándole los ojos.

Kiänhiem –susurras en tu lengua, dándote cuenta que él no captó nada- Kian.

— Kian –repite bajito, como grabándose el nombre en el alma.

Y tú sonríes, porque no puedes creer que después de haber caído podrías encontrar la felicidad de una manera tan fácil. Después del dolor que quemó cada pluma de tus alas y las volvió negras como recuerdo del pecado.

Tomas sus manos en las tuyas y él alza la cabeza para verte, directo a tus ojos con esas orbes luminosas. El verde de los bosques mirando directo al extraño tinte rosado de tus ojos que bajan por su cara. Delineas sus labios con la mirada. Él todavía no sabe qué hacer; sólo está feliz, lleno de gozo porque puede estar en presencia de un ser divino. Porque no sabe de tú impureza.

Las lágrimas asoman a tus ojos, “¿Qué estás haciendo?” te preguntas a ti mismo al tiempo que sientes sus manos sobre tu rostro, te mira preocupado porque no entiende qué está pasando, no sabe que los ángeles caídos pueden llorar porque son más humanos, no sabe que sienten el dolor en el alma, que tú estás llorando porque lo que más deseas es a él. No sabe qué hacer cuando sorpresivamente tomas sus manos y lo besas.

El shock en su cara ante el calor de tus labios, la poca resistencia que puede poner ante tus manos abriendo su camisa, tocando su pecho. Él no grita. No sabe que está pasando.

Y tú sientes el calor de sus lágrimas sobre tus hombros, la negación en su garganta que cede poco a poco, que se acalora y se quema y termina en la punta de sus dedos que aprietan tus brazos, en sus labios que muerden los tuyos en un impulso de locura, rompiendo toda la resistencia y quitando del medio la lógica. Él está entregado por completo. Entregado como tú lo estás a él y su cuerpo que se estremece bajo el tuyo en cada toque. Porque ya nada importa más que tu nombre en su boca, entre los entrecortados gritos que empiezan a llenar esa habitación detrás de la iglesia.

El sudor corre entre ambos cuerpos cuando tú entras en él, cuando sientes como sus entrañas aprietan tu apéndice y le jalan al éxtasis que nunca has probado pero que siempre soñaste tener con él y nada más que con él.

Sus uñas en tu espalda recorren la zona donde tus alas salen y poco a poco sientes que estás a punto de expulsarlas con la fuerza de todo tu cuerpo. Unas alas que has tenido retenidas porque te avergüenzas de su color quemado. Unas plumas que sin anuncio llegan a llenar su vista enfebrecida ante los golpes que das en su interior, el placer que le brindas con ardor, los besos con los que le llenas el cuello.

Él abraza sus piernas alrededor de tu cintura mientras su espalda sigue golpeando el muro contra el que lo tienes desde hace un tiempo ya, acurruca su cara en el hueco que hace tu cuello y muerde, muerde tremendamente para ahogar el grito de placer que le abre la garganta como un rayo ardiente; sus manos aprieten la juntura de tus alas abiertas de par en par y te hacen explotar, te hacen ver luces en su rostro. Te has vuelto más humano. Suspiras pesadamente. Él todavía está reponiéndose de todo lo que ha pasado, pero tú tienes la mente clara. Tan clara. Tan duro darte cuenta de lo que acabas de hacerle. Porque no querías que fuera así. Y el dolor crece y te crucifica el alma. Te duele el cuerpo como si acabaras de golpear el suelo cayendo desde tu esfera.

¿Y qué haces? HUYES. Huyes porque es lo único que puedes hacer. En un parpadeo desapareces del lugar dejándolo ahí, más confundido que nunca, con la noción de que algo ha pasado. Con un cambio en su vida como ningún otro.

De eso ya hace cinco años.

Y hoy estás aquí de nuevo. Con todos los cambios en las manos y el corazón abierto, y preparado para el rechazo y el odio caminas hacía la iglesia, en esta mañana tan soleada que podría dejarte ciego. Vas preparado, como el soldado que fuiste alguna vez hace eones, cuando eras más que humano, más poderoso que nunca.

Caminas por la gravilla de la entrada, te ha tomado un tiempo pero ya caminas con tanta soltura, con normalidad como si siempre hubieras usado ese par de piernas, como si siempre hubieras sido mortal como ahora.

Lo ves, ahí en la entrada, barriendo las hojas que cayeron del viejo árbol junto a la puerta, ves la escoba cayendo y lo primero que sientes antes de reaccionar son sus brazos en tu cuello. Él nunca te olvidó. Día tras día de pensar en ti, y tú en él hasta tomar esa decisión y dejar atrás tu Gracia. Tus alas cortadas por el ardiente filo de la Espada.

Eres tú –dice a tu oído- volviste, Kian.

Él te ha estado esperando, tanto tiempo, y ahora que has vuelto a él prometes no dejarlo. Tú eres su ángel ahora y por siempre. Has encontrado un nuevo cielo.

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One thought on “FanFic 05 – Heaven

  1. Michelle dice:

    😍¡HERMOSO!😍,💝 ¡HERMOSO!💝,💖¡HERMOSO! 💖¡SIMPLEMENTE HERMOSO!💞👏

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