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FanFic 07 – Isolation

Isolation

Por: Yeitel Bathroy

Siempre creí que los milagros tienen fecha de caducidad; que toda victoria se convierte finalmente en derrota y que el cielo es tan abrumador como el infierno. El vacío en mi habitación resulta más insoportable por la mañana, ese momento en que abro los ojos y recuerdo que la ausencia es mi estado natural.

-¿Cuál es tu sueño?-. No solía verlo mucho por aquel entonces. Ocasionalmente nos encontrábamos en sitios similares, la librería o el restaurante. No supe su nombre hasta mucho después de haber hablado la primera vez y, antes de eso, lo había visto en varias ocasiones.

-¿Soñar?… Nunca he pensado en cosas como esas, pero si hablamos de una meta, podría confesarme deseoso de una vida tranquila, comida en la mesa y una copa los fines de semana.

-Eso no suena como un sueño, suena como una rutina.

-¿Cómo debería sonar un sueño?-. Hablábamos solamente al encontrarnos de forma casi casual, nunca nos hicimos especialmente íntimos, ni siquiera cuando hicimos el amor por primera vez. Aunque lo quería, es lo que solía decirme a mí mismo tras esa noche y constantemente.

El silencio era consumido por la ciudad entrando por la ventana, nos evitaba un viaje a otro mundo; pero qué clase de persona desearía ir a otro mundo estando en uno como este. Kian entre mis brazos y yo entre los suyos, sumidos ambos en el abismo de las sábanas. Gotas perladas bajando por su pecho hasta desintegrarse, abajo, muy abajo, entre líneas definidas de una cadera bien hecha.

-¿Tu primera vez?- Me miraba con algo que oscilaba entre la gentileza y el deseo, la ternura y la pasión, lo sacrosanto y lo profano; todo matizado, difuminado y borroso, como si ambos diéramos vueltas en un remolino o en una atracción de feria.

-No realmente-. Y quedaba en evidencia  que tampoco era la primera ocasión que él tocaba un cuerpo masculino, algo lo delataba, su impasibilidad tal vez. Dudaba no solamente de mí mismo, sino también de él. Qué clase de milagro era este. Qué clase de sueño figuraba en su interior. Sabía que en él se encontraba el fin de mi mundo, de mi normalidad. Con la luna creciente bailaban las cortinas, los autos se escuchaban desde la avenida y el húmedo calor pegaba nuestros cuerpos, uno sobre el otro.

Mi interior ardía dolorosamente. No, no era mi primera vez. -Hazlo con cuidado… estás siendo…-

-Lo lamento-. Un brillo nuevo apareción en su mirada. Se quitó los lentes. Me agrada cuando se los quita, algo de fatal se enciende al prescindir de ellos; me seduce la idea de que nunca los use otra vez. Sus manos también me agradan, se sienten bien pasando sobre mi piel. Podría haberme acostumbrado a sólo sus caricias. Su interior me satisface tanto como su tacto, era difícil saber qué de él me ponía tan mal (qué de él me ponía tan bien).

-¿Cuál es tu nombre?

-Micca.

Cuando hizo esa pregunta él comía waffles. No puedo recordar qué era lo que yo había pedido, no soy tan metódico, no pido siempre lo mismo, aunque eso parezca. Tampoco él lo es, creo. ¿Qué pidió la primera vez que lo vi? Sé que usaba una camiseta roja, lo ví en la librería, no sé si por error o por casualidad, pero me siento agradecido con el cursi destino que nos juntó por capricho, pues más tarde en el restaurante volví a verlo, de no ser por ello no habría recordado nunca su existencia.

-¿Quieres que lo haga más fuerte?-  Jadeaba. Se raspaba su garganta al gemir por mi calor, por mi humedad que él ocasionaba… Ese sonido me hacía pensar en que tal vez el futuro podía meditarse, decidirse, y yo quería un futuro a su lado, no por amor, no era precisamente lo que me motivaba, ni siquiera podría hablar de necesidades. Lo más cercano a ello era un deseo casi egoísta de pertenencia, de estar en algo con alguien, de no ser ya uno: Quería ser compañía.

-Sí, hazlo más fuerte- Desde el principio me preguntaba cuánto duraría, cuánto tiempo pasaría antes de que se asfixiara su deseo o el mío. ¿Quién se cansaría primero?

-Yo… Hay alguien a quien quiero presentarte…

-¿Tiene que ser hoy? Tengo cosas que hacer, además no tengo interés en conocer a nadie.

-Será rápido, lo prometo. Le he hablado mucho sobre ti y realmente quiere que sean amigos… Yo también quiero.

-Sabes que no tengo interés en conocer a tus amigos. Hasta donde a mí respecta sólo somos amantes. Vienes, te doy el culo, me das el culo y terminan nuestros deberes para con el otro.

-Lo sé pero…

-Kian…

-Una noche no será tan terrible

¿Qué hubiera pasado de haberme negado a salir? ¿Qué habría ocurrido si no hubiera aceptado?

-Mucho gusto. Kat.

-Micca. El gusto es mío…

Un pequeño bar, unas cuantas copas y mi vista sobre esa pareja que funcionaba, muy a mi pesar, más que sólo bien. No sabía si era envidia, pero me sentía incómodo, molesto y desolado. Únicamente pensaba en marcharme.

Los milagros nunca duran lo suficiente, tienen todos una fecha de caducidad, y supe al ver la sonrisa arrogante de ese sujeto, Kat, que mi paraíso era un imperio en agonía. No es que pueda decirme adivino, tampoco hablaría de una intuición superdesarrollada, pero podía afirmar que veía el teatro caerse, pronto ya no quedaría nada, no sé si por mi orgullo pero estaba seguro de que poco tiempo pasaría antes de ser olvidado.

Esa noche no pude dormir. Tampoco lo conseguí la noche siguiente y, de haberlo conseguido la tercera no habría cometido más de una barbarie. Resulta peligroso tener saldo en el móvil y deseo de calorl.

“¿Oye, Kian, vienes a mi departamento?”

“Estoy con Kat ahora, ¿puedo verte otra noche?”

“Podrían venir ambos”

Cuando abrí los ojos por la mañana nadie estaba a mi lado, dudé sobre si había sido un sueño o en realidad el par me habían “abrazado” en la madrugada. Tuvo que repetirse algunas veces el encuentro, antes de tener la certeza de que la nostalgia y el sucio sabor en mi boca al despertar eran efecto de la noche apasionada y la profunda ausencia repentina. Cada que la soledad se asomaba por bajo la puerta, yo la invitaba a unirse y entre los cuerpos de los tres me penetraba hasta terminar fundida en mí, hasta ser el reflejo al entrar al baño y lavar mi cara, con la cabeza doliendo, con el entusiasmo roto y las esperanzas vacías.

He vivido este mal chiste ya algunos años. Cada mañana digo “suficiente”, pero al caer la noche la desolación me ha tomado por sorpresa y comparto el pan y el vino con ellos, ambos. No sé hasta qué punto esto se ha torcido y terminó siendo esta amalgama, máscara apasionada en un show sin sentido. No nos hemos separado desde entonces. Le he tomado cariño a la situación y algunas veces hasta la disfruto.

Kat se ha normalizado. Me he acostumbrado a su presencia tanto como llegué a acostumbrarme a la de Kian en la misma mesa del restaurante cada jueves, en el mismo pasillo de la librería antes de las tres. Se han convertido en mi Mundo por la noche, en la irrealidad que dopa mis sentidos y me niega la existencia de la ciudad tras la ventana. No me resigno a que un día no lleguen, pues, aunque al abrir los ojos sus cuerpos no se dibujen junto al mío, queda como evidencia este sucio sabor y el aroma en las sábanas que cambio con frecuencia. Mis suposiciones de aquellos años resultan erradas ya hasta este día, pero el miedo persiste, sé que habrá una noche en que no aparecerán en el umbral de la puerta y luego de eso su presencia será difusa; pero hasta que ese momento llegue pretendo disfrutarlos y colgar de ellos un sueño de normalidad y un milagro sólo de nombre.

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